Después de casi cinco años de guerra, cientos de miles de muertos y una Ucrania devastada, Donald Trump llega a un acuerdo con Vladímir Putin para introducir diésel ruso en el mercado estadounidense y mundial. Washington flexibiliza las sanciones contra Rusia porque necesita contener los precios del combustible y proteger sus intereses económicos y electorales. Y cuando Zelenski protesta, Trump llega a exigir que Ucrania cambie de presidente.
Así funciona la política de Washington. Durante años exige a sus aliados europeos sacrificios económicos, sanciones, rearme y una subordinación absoluta a su estrategia internacional. Pero cuando cambian sus intereses, negocia directamente con Moscú y deja a sus socios ante las consecuencias de sus propias decisiones.
Europa ha pagado una factura descomunal. La ruptura de las relaciones energéticas con Rusia, el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, el encarecimiento de la energía y el deterioro de la competitividad industrial han golpeado duramente su economía. Mientras tanto, la industria armamentística multiplica sus contratos y beneficios.
Y ahí siguen Von der Leyen, Merz, Macron, Tusk y Sánchez, aferrados a una política de sanciones y militarización que Washington acaba de contradecir con sus propios actos. La Unión Europea anuncia otras 1.600 sanciones contra Rusia mientras Estados Unidos levanta parcialmente las suyas para comprar combustible ruso.
Negociar con Moscú es imprescindible para poner fin a esta guerra. Lo verdaderamente escandaloso es que Europa haya renunciado durante años a una política exterior independiente y ahora descubra que Washington puede negociar por su cuenta, atendiendo exclusivamente a sus intereses, sin consultar siquiera a quienes han soportado buena parte de los costes de la confrontación.
Los ucranianos ponen los muertos. Los trabajadores europeos pagan la factura. Los fabricantes de armas se llenan los bolsillos.
La cronificación de la guerra está destrozando generaciones enteras y alimentando una militarización de la economía europea que compromete los recursos necesarios para sostener los servicios públicos y el Estado social.
Europa necesita una política exterior propia, una salida negociada que garantice la seguridad de Ucrania y gobiernos capaces de defender los intereses de sus pueblos frente a la subordinación atlántica.
Porque quienes llevan años dando lecciones de soberanía y democracia han terminado demostrando que ni siquiera controlan la estrategia que defienden. Y después de tanto sufrimiento, tanto dinero y tantas vidas perdidas, pretenden seguir presentando su fracaso como un sacrificio necesario.
Es una irresponsabilidad política histórica. Y sus responsables deben rendir cuentas.


